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La Gran Apostasía

Marzo 16, 2010 by Delmy  
Archivado bajo Creencias Mormonas

Cuando Adán y Eva fueron puestos en la tierra, Dios hablaba con ellos personalmente. Adán fue el primer profeta y recibió instrucción de Dios y de los que Dios eligió. Él aprendió los mandamientos y el plan de Dios para él y su familia. Cuando Adán murió, se eligió un nuevo profeta. Esto era necesario porque el nuevo mundo debía tener un buen inicio y saber desde el principio lo que era verdadero y lo que se esperaba de ellos. Durante gran parte de la Biblia, hubo profetas en la tierra que enseñaron y condujeron a los pueblos en su vida espiritual.

Sin embargo, hubo momentos en que los profetas fueron quitados de los pueblos de la Biblia. Eran tiempos cuando la gente prefirió la maldad e ignoraron o incluso mataron a los profetas. Durante esas épocas, la gente se quedó a la deriva por su propia cuenta, teniendo enseñanzas pasadas si elegían utilizarlas, pero sin tener nueva guía para ayudarlos a través de los cambios en el mundo. Cuando las cosas cambiaron, surgieron nuevas situaciones que no estaban cubiertas por la revelación anterior, y sin un profeta, la gente sólo podía adivinar qué hacer.

Con el tiempo, sin embargo, Dios siempre restauraba profetas y llamaba a la gente al arrepentimiento. Estas épocas cuando los profetas estaban en la tierra fueron llamadas dispensaciones. Las épocas en que no había profetas se llamaron apostasía.

Cuando Jesús se acercó y comenzó su ministerio, Él vino a ser el profeta. Era Él quien se comunicaba con Dios y enseñaba las palabras de Dios a las personas que estaban dispuestas a escuchar. Con el tiempo, por supuesto, Jesús fue asesinado. Los apóstoles siguieron dirigiendo la iglesia y proporcionando un profeta para la gente, pero la gente estaba en su mayoría desinteresada. Uno a uno los apóstoles murieron o fueron asesinados y, finalmente, no había nadie que tuviera la autoridad para continuar como profeta. El pequeño grupo de seguidores se quedó por su cuenta para mantener vivo el cristianismo, pero no había ningún profeta. Esto se ha hecho conocido como la Gran Apostasía.

Esta gran apostasía fue predicha por los profetas anteriores. Amós advirtió a la gente:

“11 He aquí, vienen días, dice Jehová el Señor, en los cuales enviaré hambre a la tierra, no hambre de pan ni sed de agua, sino de oír la palabra de Jehová.:

12 E irán errantes de mar a mar; desde el norte hasta el oriente andarán buscando la palabra de Jehová y no la hallarán (Amos 8).

Hemos visto esto ocurrir cuando analizamos la historia del mundo religioso. Con el tiempo, la gente no podía recordar cuál era la verdad o no podía decidir lo que era verdad en un mundo cambiante. Como resultado, el creciente número de cristianos se encontraban en contradicción unos contra otros. Ellos comenzaron a separarse en pequeñas iglesias con creencias opuestas. La gente era desalentada de leer la Biblia por sí mismos, si podían leer, para que así que tuvieran que confiar en sus líderes religiosos en cuanto a lo que Dios dijo, y esta situación provocó que se produjera una drástica interpretación o corrupción de la verdad.

Aunque se habían ido los profetas, Dios no se había apartado de Sus hijos. Poderosas fuerzas espirituales estaban trabajando para preparar al mundo para el final de la Gran Apostasía.

La invención de la imprenta, que hacía menos costoso el imprimir Biblias que se podían colocar en manos de gente común y educada, ayudó a prepararse para un momento en que los profetas pudieran volver. La labor de la Reforma Protestante también contribuyó a allanar el camino para la restauración de la verdad. John Wycliffe protestó contra la corrupción que se había introducido en la iglesia del Salvador y fue puesto bajo arresto domiciliario por ello hasta su muerte dos años después. Jan Hus fue quemado en la hoguera como hereje por estar de acuerdo con algunas de las creencias de Wycliffe. Y, por supuesto, Martin Lutero cambió la historia religiosa cuando protestó por la venta de indulgencias y otras corrupciones. Cuando fue llamado por el emperador, él declaró:

“A menos que sea condenado por la Escritura y la razón sencilla -no acepto la autoridad de los papas y concilios, pues se han contradicho entre sí- mi conciencia es cautiva de la Palabra de Dios. No puedo y no voy a retractarme de nada, porque ir en contra de la conciencia no es ni correcto ni seguro. … Aquí estoy, no puedo hacer otra cosa”.

Como Lutero y otros vieron, las iglesias se estaban contradiciendo entre sí y contradecían la Escritura. Estos esfuerzos de reforma establecieron el escenario para los tipos de cambios que harían que otros se preguntaran acerca de la diversidad de la doctrina contradictoria en existencia, y esto, a su vez, llevaría a algunos de ellos, uno joven en particular, a comenzar la búsqueda de la única iglesia verdadera.

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